La brisa andina acaricia suavemente los árboles en los alrededores de un centro cultural en Quito, trayendo consigo el calor de una tarde soleada en la capital. Los rizos oscuros de Nanyely Morales brillan bajo el sol mientras el pulso vibrante de la ciudad se percibe más allá de los portones: el ir y venir de los buses, el murmullo de voces, la incesante danza de vidas en movimiento. Nanyely se aparta el cabello de la cara y parpadea un par de veces antes de relatar, con voz pausada, un viaje que en su momento estuvo lejos de ser sereno.
«Siempre digo que no voy a llorar cuando hablo de esto», comenta con una leve sonrisa. «Pero es muy difícil».
Nany, como todos la llaman, tiene 42 años y es oriunda de Caracas, Venezuela. Es también madre, una identidad que, según explica, fue el motor que lo puso todo en marcha. Cuando su hija, Yancy, cumplió 13 años, pidió un deseo de cumpleaños que ningún niño debería siquiera considerar.
«Ella me dijo: ‘Mamá, necesito que nos vayamos para poder comer’», recuerda Nany. «Había días en que no podía ir a la escuela porque no teníamos qué comer».
Además, Yancy padecía una afección cardíaca que requería atención médica, la cual Nany ya no podía garantizar de manera fiable en Venezuela.
«Solía sufrir convulsiones en la calle», dice Nany, retorciéndose los dedos. «Tuve que rogarle que no anduviera sola en bus. Sabía que tenía que darle salud, estabilidad y una base sólida sobre la cual construir su vida».
Seis meses después, Nany dio los primeros pasos para conceder el deseo de cumpleaños de Yancy. Subió sola a un bus, dejando atrás Venezuela y, con ella, a su hija. 
Un Adiós Desgarrador y una Promesa de Vida en Ecuador
La historia de Nany es la de millones de compatriotas. Durante la última década, Venezuela ha experimentado una crisis humanitaria sin precedentes, que ha empujado a casi 7.9 millones de venezolanos a abandonar su país. La hambruna, el colapso de los sistemas de salud y la incapacidad de cubrir las necesidades más básicas de sus hijos han sido los principales motores. La mayoría ha buscado refugio en países vecinos de América Latina y el Caribe, siendo Ecuador uno de los destinos más importantes.
Para la nación ecuatoriana, la llegada masiva de migrantes venezolanos ha representado un desafío y una oportunidad. Las ciudades principales como Quito y Guayaquil se han convertido en nuevos hogares para miles de familias, lo que ha generado presiones sobre los servicios públicos, el mercado laboral y la cohesión social. Sin embargo, también ha propiciado actos de solidaridad y el enriquecimiento cultural, demostrando la capacidad de acogida de nuestro pueblo.
«Nosotros no vinimos de turistas», afirma Nany con firmeza. «La nuestra es una de las migraciones más grandes del mundo, no porque elegimos abandonar nuestras zonas de confort, sino por pura necesidad. Nos fuimos por hambre. Porque tenemos hijos, y ellos merecen una vida digna».
Para Nany, partir significó algo aún más doloroso: separarse de su hija. Yancy se quedaría con parientes mientras Nany viajaba con su prima. Su plan era sencillo pero aterrador: llegar a Ecuador, encontrar trabajo, enviar dinero a casa y reunirse con Yancy lo antes posible.
Nany viajó hacia el sur con poco más que determinación y fe. Sus documentos estaban incompletos y no tenía ropa de abrigo adecuada para el frío andino. «Vengo de un país cálido», dice con una pequeña risa. «No sabía que Ecuador era tan frío».
Fronteras, Fe y la Primera Mano Amiga en el Corazón de los Andes
Para cuando Nany llegó a la frontera entre Colombia y Ecuador, el viaje se había vuelto aún más precario. A pesar de los esfuerzos del movimiento migrante y de ONG que los apoyan, como CARE, el año pasado Ecuador introdujo requisitos de entrada más estrictos para los venezolanos. Esto ha dejado a muchos migrantes en un limbo legal y ha hecho que el viaje, ya de por sí difícil, sea aún más peligroso. Muchos ecuatorianos han sido testigos de las largas filas y las dificultades que enfrentan los migrantes en los pasos fronterizos, especialmente en Rumichaca, un punto neurálgico para la migración regional.
El guardia fronterizo miró su cédula venezolana vencida y negó con la cabeza. Nany recuerda sus palabras con total claridad: «Él dijo: ‘No puede entrar. Tendrá que regresar’».
No tenía dinero para volver. Conmocionada, sin saber qué hacer, Nany le entregó a su prima su teléfono –lo único de valor que poseía– para no quedarse completamente sola.
«Le dije: ‘Cuídate. Haz las cosas bien’», recuerda Nany. «Pensé: ‘Quizás no es mi momento. Volveré con mi hija e intentaremos de nuevo’».
Su prima lloró y le suplicó que no se fuera. Nany la abrazó, le dijo que siguiera adelante y se volvió hacia el guardia, preparándose para desandar sus pasos hacia Venezuela, hacia Yancy, hacia todo lo que había estado tratando de escapar.
Entonces, algo inesperado sucedió. 
«Fue un milagro», dice, con la luz en sus ojos mientras recuerda. «El guardia se puso de pie. Nos miró y me dijo que siguiera adelante. ‘Si alguien pregunta’, dijo, ‘tú y yo nunca nos vimos’. Y así fue como entré a Ecuador».
Fue un momento de gracia que aún atesora.
«Llegué con una bolsa de santos», cuenta –una pequeña colección de imágenes y figuritas devocionales para protección y consuelo– «y tres trapos: un vestido, un par de shorts y ropa interior. Pero llegué con fe. Necesitaba fe para mi hija. No se trataba de educación o trabajo. Se trataba de la oportunidad de que ella viviera».
El Primer Día, la Primera Mano Amiga en Quito
En el centro de Quito, los buses de un vibrante color azul llegan diariamente, transportando a personas que han dejado todo atrás en busca de seguridad y estabilidad. Nany llegó entre ellos: asustada, sola e incierta de lo que vendría después.
«Tenía miedo de subir al bus», recuerda. «Miedo de caminar sola. Miedo de salir a vender cosas». Hace una pausa. «La xenofobia era mi mayor miedo». Le preocupaba que los ecuatorianos la vieran como una carga, como alguien que no pertenecía.
Sin embargo, su primer día en Ecuador también marcó el comienzo de lo que Nany ahora llama «siete años maravillosos», a pesar de que su hija aún estaba lejos. Ese día, conoció a Alexandra Maldonado, fundadora de Las Reinas Pepiadas, una organización liderada por mujeres que apoya a mujeres migrantes venezolanas en Ecuador, y socia local de CARE.
«Alexandra fue como un ángel», nos dice Nany. «Me abrazó y me dijo: ‘Bienvenida a tu nuevo hogar. ¿Vienes a trabajar?’»
En un momento en que Nany esperaba el rechazo, encontró aceptación y una oportunidad de parte de una mujer ecuatoriana. Le dijo a Alexandra que podía hacer arepas, el alimento básico de harina de maíz de la cocina venezolana, rico en memoria y significado. Al día siguiente, Alexandra la ayudó a conseguir su primer trabajo de catering.
Las arepas son más que comida. Son cultura, memoria, hogar. La Reina Pepiada, un plato que lleva el nombre de una reina de belleza venezolana y que inspiró el nombre de la organización, es una arepa rellena de pollo, aguacate y mayonesa. Para Nany, hacer arepas en Ecuador no era solo una forma de ganar dinero. Era una forma de decir: «De aquí vengo. Esto soy yo».
«Compartir mi cultura a través de la comida me ayudó a aliviar mi miedo», dice. «La gente no me señalaba con el dedo. Me decían: ‘Esto está delicioso. Gracias’. Y pensé, estoy en el lugar correcto».
«Para mí, Reinas es familia», añade. «Es el espacio seguro que me acogió cuando llegué a Ecuador. Es el lugar que me dio la oportunidad de crecer, de sentirme segura y de crear un hogar seguro para mi hija».
Aun con esa solidaridad y apoyo, los primeros meses de Nany fueron difíciles. Luchó contra la depresión y la soledad, anhelando el día en que Yancy se uniera a ella.
Su reunión llegó antes de lo esperado. Con el apoyo de Las Reinas, Nany pudo traer a Yancy a Ecuador solo seis meses después de su llegada. Su hija fue hospitalizada por su afección cardíaca casi de inmediato. Los procedimientos que necesitaba, aquellos a los que no pudieron acceder en Venezuela, fueron todos exitosos. 
El Renacer de un Espíritu: De Migrante a Agente de Cambio
Migrar no solo cambia dónde vives. Cambia quién eres. Nany llegó a Ecuador con miedo e incertidumbre, una mujer a la que le habían enseñado que ciertas cosas no eran para las mujeres. Con el tiempo, descubrió algo más profundo sobre sí misma y su capacidad de resiliencia.
«He descubierto el poder», dice. «Un poder absoluto».
Hoy en día, Nany dirige un negocio de alquiler de lavadoras, un campo dominado casi en su totalidad por hombres, y trabaja con Las Reinas Pepiadas para apoyar a otras mujeres migrantes, escuchando sus historias y conectándolas con oportunidades para reconstruir sus vidas con dignidad. Este ejemplo de emprendimiento femenino en un sector no tradicional es una fuente de inspiración y demuestra la capacidad de las mujeres migrantes para innovar y superar barreras, algo fundamental en el contexto ecuatoriano donde el emprendimiento es una vía crucial para la integración y el desarrollo.
Las mujeres y las niñas suelen ser las más expuestas al peligro durante el desplazamiento, especialmente cuando viajan solas o cuidan de niños. En toda la región, las mujeres migrantes enfrentan mayores riesgos de violencia, explotación y exclusión, particularmente cuando las vías legales son cerradas o poco claras. Para Nany, encontrar una comunidad liderada por mujeres no solo fue empoderador. Fue un escudo protector en un mundo incierto.
«Se siente increíble devolver lo que una vez recibí», dice. «Decirles a las mujeres: ‘Estarán bien. Nosotras estamos aquí’».
Su hija también lo percibe. «Ella me mira y dice: ‘Si tú puedes, yo puedo’. Esa es la mayor herencia que puedo dejarle».
La adaptación, cree Nany, no significa borrar el pasado. Todavía hace arepas, todavía habla español como una caraqueña de pura cepa, y aún lleva su identidad venezolana junto a su identidad ecuatoriana. Comparte comidas con sus vecinos –arepas, ceviche, mote– y descubre que la integración ha sido más fácil de lo que temía. Es una muestra de cómo la mezcla de culturas puede enriquecer a la sociedad, un mensaje importante para la audiencia ecuatoriana.
«De hecho, tengo más vecinos y amigos ecuatorianos que venezolanos», dice riendo.
Más allá de la cultura o la nacionalidad, quiere que su hija lleve valores. «Respeto. Amor. Empatía», dice. «Adondequiera que vaya».
Más Amor: Un Faro de Esperanza en Cada Encuentro
Hoy, Nany forma parte del equipo de extensión comunitaria de Las Reinas Pepiadas. Sale a las calles, se encuentra con mujeres que han llegado recientemente a Ecuador, escucha sus historias y las conecta con recursos que pueden ayudarles a empezar de nuevo. Su labor es un testimonio vivo del impacto de la solidaridad y el apoyo mutuo en el proceso migratorio.
«La migración no se trata solo de venezolanos», dice. «Es cualquiera que deja su país. Mi papel es ofrecer una luz al final del túnel».
Una mañana, Nany y las otras mujeres de Las Reinas llegaron a un albergue donde se alojaban venezolanos recién llegados. Hacía frío. Quito se encuentra a más de 2.800 metros sobre el nivel del mar, y muchos migrantes de la Venezuela tropical llegan sin estar preparados para el frío, tal como le pasó a Nany. Llevaron ropa abrigada, calentadores, panela con limón y café: pequeños actos de cuidado para aliviar el impacto de la llegada. Este tipo de gestos solidarios son comunes en la cultura ecuatoriana y reflejan la calidez de su gente.
Cuando llegaron, vieron un mensaje pintado con spray en la pared: «Más amor».
«Eso es lo que nos representa», dice Nany. «Más amor. Más empatía. Más humanidad».
Ahora lleva esas palabras tatuadas en su cuerpo como un recordatorio permanente de la filosofía que la guio a través de sus momentos más difíciles y hacia un futuro que alguna vez solo pudo imaginar.
El mayor sueño de Nany hoy es que Yancy asista a la universidad. Su hija ha terminado la secundaria y es creativa, emprendedora y decidida. Dirige un pequeño negocio de ropa y vende productos y accesorios para el cabello afro. Está sana. Está construyendo un futuro. Esta aspiración, la de una educación universitaria para los hijos, resuena profundamente en las familias ecuatorianas y migrantes por igual, como la clave para un futuro próspero.
«Mi hija tiene 20 años ahora», dice Nany con suavidad. «Que llegue a los 30 aún feliz. Eso es lo que quiero. Para eso vine aquí».
Para las mujeres que enfrentan la decisión de migrar, el consejo de Nany es simple y fruto de una dura experiencia:
«Es posible», dice. «El mayor obstáculo siempre está en tu propia mente. Cada paso cuenta, aunque sea pequeño. Si puedes hacer arepas, haz arepas. Si puedes planchar ropa, plancha ropa. El trabajo dignifica».
Y si puedes, añade, cuenta tu historia.
«La gente necesita escuchar estas historias para entender», dice. «Nadie abandona su vida o a sus hijos por capricho. Migramos porque debemos. Porque creemos, profundamente, que algo mejor es posible».
En algún lugar de Quito, una mujer baja de un bus azul brillante, mirando a su alrededor en un lugar desconocido, preguntándose si tomó la decisión correcta. En algún lugar cercano, otra mujer –quizás Nany, quizás una de las otras Reinas– está esperando para recibirla.
«Bienvenida a tu nuevo hogar», le dirá. «Estarás bien. Nosotras estamos aquí».
Más amor. Al final, eso es lo que construye un hogar y lo que hace a Ecuador un país de acogida.
